martes, 2 de septiembre de 2014

Curso de relatos con Quim Monzó I



Quim Monzó es el mejor. O si no lo es, es uno de los mejores. Llevo años y años dándoles vueltas a sus libros de relatos y utilizándolos para hacer ejercicios de escritura y la verdad, no sé por qué no he colgado todavía ninguno.
Si queréis saber de él, leed todo lo que encontréis suyo y seguidle en Twitter. Y si queréis una recomendación literaria, comprad El porqué de las cosas. Además no vale con comprarse un ejemplar, porque el que lo toca, lo quiere.

Empezaremos por el ejercicio más sencillo que se me ocurre. Tomad un cuento que todos conozcamos y dadle la vuelta. Una vuelta o dos. Mirad cómo es la bella durmiente de Quim Monzó:


La bella durmiente

      En medio de un claro, el caballero ve el cuerpo de la muchacha, que duerme sobre una litera hecha con ramas de roble y rodeada de flores de todos los colores. Desmonta rápidamente y se arrodilla a su lado. Le coge una mano. Está fría. Tiene el rostro blanco como el de una muerta. Y los labios finos y amoratados. Consciente de su papel en la historia, el caballero la besa con dulzura. De inmediato la muchacha abre los ojos, unos ojos grandes, almendrados y oscuros, y lo mira: con una mirada de sorpresa que enseguida (una vez ha meditado quién es y dónde está y por qué está allí y quién será ese hombre que tiene al lado y que, supone, acaba de besarla) se tiñe de ternura. Los labios van perdiendo el tono morado y, una vez recobrado el rojo de la vida, se abren en una sonrisa. Tiene unos dientes bellísimos. El caballero no lamenta nada tener que casarse con ella, como estipula la tradición. Es más: ya se ve casado, siempre junto a ella, compartiéndolo todo, teniendo un primer hijo, luego una nena y por fin otro niño. Vivirán una vida feliz y envejecerán juntos. 
     Las mejillas de la muchacha han perdido la blancura de la muerte y ya son rosadas, sensuales, para morderlas. Él se incorpora y le alarga las manos, las dos, para que se coja a ellas y pueda levantarse. Y entonces, mientras (sin dejar de mirarlo a los ojos, enamorada) la muchacha (débil por todo el tiempo que ha pasado acostada) se incorpora gracias a la fuerza de los brazos masculinos, el caballero se da cuenta de que (unos veinte o treinta metros más allá, antes de que el claro dé paso al bosque) hay otra muchacha dormida, tan bella como la que acaba de despertar, igualmente acostada en una litera de ramas de roble y rodeada de flores de todos los colores.



3 comentarios:

Anónimo dijo...

Caperucita era una niña guapa que quería mucho a su abuelita. Su madre se había enamorado de un hombre extraño al que llamaban “Lobo”: fuerte, atractivo y de vida solitaria en el monte. Un día en que la madre esperaba la visita de su amante; para librarse de su hija, y que esta no estuviera en casa estorbando e impidiendo sus satisfacer sus deseos, mando a Caperucita llevar la merienda en una cesta a la abuelita, ya que supuestamente estaba enferma. La abuela vivía en una casa lejana en mitad del bosque. Por otra parte, la madre sentía celos de los inocentes juegos que se traían Caperucita con su amante, dada su mayor belleza y juventud, viéndola cómo se hacía mayor y coqueteaba con Lobo. La madre advirtió a la niña, que en el camino por el bosque, no se entretuviera con nadie ni nada. Caperucita, como estaba en pleno desarrollo y se sentía ya una mujer adulta, no obedecía a los consejos y observaciones de su pesada madre. Así, con mala cara se fue a casa de la abuelita, llevando la coqueta caperuza roja que no solía quitarse, y que le favorecía y la hacía mayor.
Al salir de su casa y entrar al bosque, se encontró con “lobo”, el amigo intimo de la familia y especialmente de su madre, este le preguntó a dónde iba. Caperucita le contestó que a casa de su abuelita, ya que estaba enferma y le llevaba la merienda.
Entonces Lobo, que le gustaba más Caperucita que la madre, se ofreció acompañarla, pero Caperucita, en un arrebato de infantil de coquetería incipiente, le propuso una carrera hasta la casa de la anciana. El astuto Señor Lobo contó a Caperucita que había dos caminos, uno largo y otro corto. Chulescamente dijo que él tomaría el largo, para darle ventaja, pues él corría más. Así, ella podría ir por el corto, compensando la mayor velocidad. En realidad era al revés. La coqueta Caperucita, que no era tonta, también conocía todos los caminos de ese bosque. Tomó el camino largo a sabiendas, para hacerse esperar por el Sr. Lobo.
Así las cosas, Lobo llegó antes a la casa de la vieja abuelita. Para que le abriera la puerta la abuela, que era muy desconfiada, El pícaro Lobo se hizo pasar por Caperucita, y con una voz de falsete aflautada, preguntó si podía pasar. La abuela pensando que era su nieta, le dijo entrar, diciendo que la puerta estaba abierta. El Sr. lobo entró y dijo “Sorpresa” Después le contó que Caperucita le había mandado por delante, para que encendiera el fuego y así, poder calentar la comida que ella traía. Cuando la abuela le acompaño a la leñera, Lobo tiró la pila de leña sobre la anciana, dejándola inconsciente y tapada por una montaña de troncos. Después, el muy sibilino sacó del armario otra ropa de la abuela, con la intención de hacerse el gracioso con Caperucita, haciéndose pasar por la pobre abuelita, con esas pintas se metió en la cama a esperar a Caperucita.
Por el camino, tranquilamente Caperucita, se había perfumado, puesto flores en el pelo y peinado.
jemart

Anónimo dijo...

Cuando Caperucita llegó a la casa, el Sr. Lobo desde la cama, le contó que su abuela se había ido a buscar ella sola la comida a la casa de su madre y que tardaría. Entonces Caperucita empezó a quitarse la ropa y con voz seductora, dirigiéndose a Lobo disfrazado de abuelita, le dijo: ¡Qué ojos más grandes tienes! El lobo respondió: ¡Para verte mejor! Después, Caperucita, resoplándole al oído dijo: ¡Qué orejas más grandes tienes! Lobo se estaba poniendo cachondo contestó: ¡Para oírte mejor! Caperucita, levantó la sabana dijo: ¡Qué manos más grandes tienes! El Sr. Lobo no podía aguantar más, se abalanzó sobre Caperucita diciendo: ¡Para abrazarte mejor! Pero Caperucita le esquivó seductoramente y dijo: ¡Qué nariz más grande tienes! El Sr. Lobo no podía más con sus ansias, se lanzó de nuevo sobre el sexo de Caperucita y dijo: ¡Para olerte mejor! Caperucita entre gemidos dijo: ¡Y qué dientes más grandes tienes! EL Sr. Lobo contestó: ¡Para comerte mejor!
En esto estaban, cuando apareció tambaleándose la abuelita, vio la escena de su dormitorio y dijo: ¡Lobo desvergonzado, también has seducido a mi nieta! ¡No te ha bastado haber pasado la noche conmigo! La abuelita y la nieta se lanzaron sobre Lobo con el atizador y el recogedor de cenizas. Le rompieron la dura cabeza lobuna y la columna vertebral, lo arrastraron hasta la leñera y lo cubrieron con una montaña de troncos.
Al cabo de los años, el montón de leña fue menguando de altura, sin que nadie usara esos troncos; solo entonces, quemaron los huesos y el pellejo que quedaba. La madre de Caperucita de buscó a un cazador como amante. Finalmente la abuelita murió de vieja y Caperucita nunca dejo de utilizar su roja caperuza.
jemart

Rafael Martinez Sainero dijo...

Juanito regresó a casa muy contento y le contó a su madre que un señor le había cambiado la vaca por un puñado de habichuelas mágicas. Sintió entonces un fuerte golpe en la cabeza y cuando despertó, se encontró atado fuertemente a una silla. Su madre, despeinada y con los ojos desorbitados, estaba sentada frente a él, con un plato en la mano.
- Hijo mío - le dijo - He cocinado este rico plato de habichuelas "mágicas" para comérmelo delante de tí. Me ha costado caro... ¡Una vaca, ni más menos! Por cada judía que me coma, te daré una bofetada. Así aprenderás a no ser tan crédulo y estúpido.
Juanito amaneció con la cara desfigurada a golpes. Frente a él, su madre estaba tendida en el suelo, sobre un charco de sangre e intestinos. De su desgarrado vientre, surgía un grueso tronco de árbol lleno de ramas que se perdía por encima del agujereado tejado.