domingo, 9 de diciembre de 2007

En el mar de la imaginación



El ejercicio de hoy comienza con la recomendación de un libro desconocido:
En el mar de la imaginación de Rafael Calatayud Cano. Con él gano el XIV Premio Ala Delta, pero el premio es lo de menos. No dudéis en ir a vuestra librería a encargarlo (sólo cuesta 6,20€) y como os pondrán pegas de que no lo tienen y tal y cual, insistidles; es de la editorial Edelvives y tiene el número 31 de su colección azul para niños a partir de 8 años.

Leed los dos textos, el de Roberto y el de Leonor y el ejercicio que os proponemos es muy sencillo (de planteamiento): escribir un capítulo adicional con el nombre de un niño en el que se cuente algún aspecto de la realidad que sin duda cambia de color mirado con los ojos de un niño.

Buena suerte y esperamos vuestras colaboraciones que podéis añadir en los comentarios del blog.

2 comentarios:

mariajose dijo...

DÁNAE

Yo voy a ser...
...veterinaria,porque me gustan mucho los animales.
...diseñadora de moda,porque me gusta mucho la moda.
...maquilladora,porque me gusta mucho maquillar.
...niñera,porque me gusta mucho cuidar niños.
...cocinera,porque me gusta mucho cocinar.
...peluquera,porque me gusta mucho peinar.
...médico de niños,porque me gusta mucho curar.
...otorrinolaringóloga,
!porque me costó mucho aprenderme el nombre!.

Anónimo dijo...

EL NIÑO QUE NO QUERÍA SER CIEGO:

Rubén nació con miopía, pero hasta los 4 años nadie de su familia
Se dio cuenta de ello. A pesar de que veía la televisión a una cuarta de su nariz.
La primera película de la que se acuerda es el Séptimo Sello de Bergman, aún
Recuerda el rostro de la muerte y eso que era corto de vista, pero verlo tan cerca
Impresiona.
Cuando se dieron cuenta que necesitaba gafas le pusieron una de esas que cada año
que pasaba como le crecían las dioptrías, cambiaba el grueso de los cristales, cada vez se parecían más al culo de la botella de Marie Brizard.
Por las noches cuando le daban ganas de orinar, Rubén se levantaba de la cama e iba a tientas por la habitación sin dar la luz, tentando las paredes. Porque pensaba que había que acostumbrarse por si acababa quedándose ciego. A veces confundía la puerta del armario, con la puerta de salida de su alcoba. Fueron muchas las noches que estuvo a punto de orinar encima de su ropa. Así aprendió lo difícil que era ser ciego de verdad en la sociedad actual.
Cada vez que le cambiaban las gafas, las paredes se le curvaban y se chocaba con las puertas. Pero un día conoció a una óptica con una optometrista muy dulce, guapa y sabia. Está le recomendó ponerse lentillas y a Rubén esta decisión le cambió la vida.
Las dioptrías ya no crecían y a pesar de que perdía muchas lentes de contacto, la gente no sabía si el niño con 7 años, las llevaba o no. Así que a partir de entonces, solo andaba a oscuras por la noche dentro de casa cuando se hizo adolescente y llegaba mamado del botellón con los amigos para que no despertaran sus padres.

BRAGAOMEANO.